El viento soplaba y el poniente arreciaba desafiante frente a las rocas y peñones marinos que permanecían impasibles, con rigor estoico, recios y aguerridos, resistiendo los zarpazos y duros embates del mar, una y otra vez, sin descanso a lo largo de los siglos.
Del rugido del agua en movimiento al estruendo del golpe frente a la masa compacta del acantilado. Y, tras la espuma, brotaba un vivo e intenso color turquesa, radiante como una esmeralda, sobre el lomo salvaje de aquella bestia despiadada coronada por las olas.


