Según Homero, fue en Creta donde los dioses enseñaron la danza a los mortales para que, mediante ella, pudieran honrarlos. Era considerada un don divino y una forma de comunicarse con los dioses. Terpsícore (“la que deleita con la danza”), una de las nueve musas, era hija de Zeus, dios de dioses del Olimpo y de Mnemosina, diosa de la memoria.
A su vez, la práctica de la danza estaba ligada al culto del dios Dionisio, dios del vino, considerado uno de los dioses olímpicos, hijo de Zeus y Sémele. En general, representa todo aquello que provoque entusiasmo, pasión, locura o éxtasis. Dicho culto a Dionisio, llamado la ékstasis (ἔκστασις), abarcaba el espectro que va desde el sacar afuera hasta profundos estados de conciencia, la locura sagrada. Las danzas dionisiacas, baile sagrado en sus orígenes, derivarán a danza de divertimento, pasando por baile de locura mística y ceremonia religiosa. En sus primeros tiempos eran Las Ménades quienes lo practicaban.
“La danza posee el rango de actividad divina, y quien dance imita a los dioses, toma contacto con el poder trascendente, penetrando en un espacio sagrado y entrando en armonía con los poderes del cosmos…, hace visible lo invisible. Su función es satisfacer el impulso, reivindicar el deseo, la espontaneidad…, promover la libertad extática, la unión a un todo mayor.
Las primeras formas de danza en su movimiento rítmico, pulsátil y de descarga conducían al éxtasis. En ellas, la bailarina danza para perder su cuerpo y convertirse en espíritu -Curts Sachs-. El cuerpo así conquistado y perdido a la vez se convierte en receptáculo del poder sobrehumano” (Raquel Guido).


