En algunos espacios, tras el cristal de un escaparate, podemos encontrar frente a nosotros algunos objetos que llegan a transmitir cierta sensación de presencia. Paramos a mirarlos con curiosidad y ellos parecen observarnos impasibles, inertes, desde la perspectiva de su mundo particular, ajeno a nuestra realidad física cotidiana. Aparecemos fugazmente ante el marco del expositor y los observamos con indiferencia aunque, a veces, hay quien puede experimentar sensaciones de diversa índole, sobre todo, cuando logra prestarles la suficiente atención durante unos instantes.
Objetos que parecen poseer vida propia, semejantes a nosotros. Replicantes que nos abren una puerta.
De alguna forma, no podemos dejar de procesar lo que percibimos, cada uno de forma diferente, individual y subjetivamente… Entonces, dejamos divagar la mente.
El escaparatista es un creador de espacios imaginados, una suerte de ilusionista, de prestidigitador que transforma nuestra mirada habitual, logrando la extrañación de lo cotidiano, la evocación, mediante la afloración de imágenes de ensueño. Como diría Freud: “confusión entre vida y sueño, realidad y subconsciente”.
Espectáculo surrealista, el objeto-simulacro como la “revelación de lo maravilloso” (Bretón). La estatuaria comercial como suplantadora de lo real.
Nos sentimos atraídos por ciertos objetos con reminiscencias de vidas humanas, nos intrigan. Apariencias, simulacros, reflejos de lo que somos. Paladines de la curiosidad y del deseo, personajes inquietantes, sin identidad, sin sentimientos ni alma. Testigos mudos del acontecer en la calle, al otro lado del cristal, superficie que separa ambos mundos, interior y el exterior, el de ellos y el nuestro. Y algún día, pasarán del esplendor de su espacio expositivo al almacén y de allí, vete tú a saber dónde acabarán, pero alguno de ellos, con suerte, seguirá estando ahí, generación tras generación, como pieza de museo o reliquia para coleccionistas. Todo se reduce a tiempo, cuestión que nos viene a recordar el carácter efímero de la existencia o el de la posible inmortalidad.


