Empieza a esconderse el sol en una fría tarde de diciembre, sopla el viento, amenaza tormenta y el paisaje se vuelve oscuro e inquietante. Entro en una vieja casa, apartada en el rincón más remoto del campo, para acercarme junto a la lumbre de una chimenea reconfortante. Los silbidos del temporal se van atenuando paulatinamente, hasta desaparecer por completo. Me siento en una butaca orejera proveniente de antepasados remotos. Desde la penumbra de la habitación observo encandilado el movimiento vibratorio de las ascuas que, a veces, crujen en el silencio. Me viene a la cabeza aquella rima de Bécquer sobre las dos lenguas rojas de fuego, dejándome arrastrar por esa fantasía de las figuras emergentes y misteriosas que danzan frenéticamente entre los leños, ardiendo.
Me incorporo un poco para coger un libro de la estantería. En este ambiente se hace apetecible ojear un monográfico de la obra pictórica de Friedrich y comienzo a admirar con entusiasmo el misterio romántico que envuelve sus composiciones. Recuerdo la teoría de lo sublime, sobre todo, las aportaciones de Burke y Kant, me encanta. Ya solo falta una cosa. Me giro, enciendo el equipo de música y selecciono el Ocaso de los Dioses de Wagner, deleitándome del momento. Entonces pienso, una vez más, en la posibilidad y el reto de representar este concepto inefable, inabarcable y profundo de lo sublime propio del primer romanticismo, algo fascinante con lo que llevo tiempo soñando.
Sobre el sentimiento de lo sublime:
Lo sublime es atracción. Lo sublime es aquello que nos sorprende. Longino lo asocia al silencio.
“Admiración por las formas sobrecogedoras e irregulares de la naturaleza exterior” y “el gusto por cosas que estimulan la imaginación” (Joseph Addison).
Burke describió lo sublime como un temor controlado que atrae al alma, presente en cualidades como la inmensidad, el infinito, el vacío, la soledad, el silencio, etc.
El Romanticismo es una manera de sentir y concebir la naturaleza, así como a la vida y al ser humano mismo. En este contexto destaca lo sublime o inefable, aquello que no se puede expresar con palabras.
En la estética oriental, y particularmente en la zen, donde no se distingue lo natural de lo artificial, se denomina a lo sublime yūgen. En los escritos filosóficos chinos yugen significa «oscuro«, «profundo» y «misterioso»: como «un profundo y misterioso sentido de la belleza del universo…
“lo sublime” es la base de todo el pensamiento romántico, pero, en realidad, ¿qué es “lo sublime”? Lo cierto es que es mucho más fácil sentirlo, que poder explicarlo con palabras… Porque no tiene una definición. Definiciones tienen las cosas racionales, las que podemos explicar. Y, siento mucho decirlo, pero “lo sublime” no tiene nada que ver con la razón. Es justamente todo lo contrario.
Es algo que se nos escapa, que no podemos controlar, y yo creo que precisamente por eso nos encanta. ¡Así es el ser humano! No os digo nada nuevo… siempre queremos tener lo que no podemos […] No sabemos por qué, pero nos encanta. Pues ese sentimiento de “no sé por qué, pero me encanta” es “lo sublime” (Estefanía Zorita García).


