Está amaneciendo cuando voy en el coche, llueve intensamente y resbala el agua por todas partes. Las luces de la ciudad se despiertan y se agitan nerviosas. De pronto, las formas se van ablandando, parecen derretirse conforme avanzo. El color grita y se desparrama, la imagen que observo y su referente, mutan y se diluyen. Pero, la percepción se estimula, la evocación se despierta y la asociación de ideas comienza a fluir desde la oscuridad profunda de un fondo tenebrista y elocuente, abriéndose ante mí unos planos cromáticos de otro mundo, con su física singular.
En una ocasión como ésta me gusta pararme a mirar y darme la oportunidad de divagar, mientras resuena, rítmicamente, el movimiento compulsivo de las escobillas limpiaparabrisas. Comienzo poco a poco a sumergirme, aunque tan sólo sea por un breve instante, en un juego de ensoñación y fantasía. Por un momento, he logrado desconectar de esta realidad, imaginar, adentrarme en mi visión y volar despierto.


